“El esplendor de la verdad”

Dos orillas en el rio de la ética, construyen una sociedad no corrupta, la verdad y la credibilidad. ¿Qué clase de sociedad anhelamos? ¿Hacia dónde va el rio de nuestra sociedad?

Hoy el ser humano más que en cualquier otro tiempo tiene como anhelo que la verdad le sea dicha, que la verdad bajo la forma de honestidad, tenga vigencia en el manejo de la sociedad y en el ejercicio del su liderazgo. Cuando el ciudadano descubre que la verdad recupera sus terrenos perdidos y se afianza, se va recobrando la posibilidad de crear, bajo consenso, la pauta ética desde la cual puede crearse una nueva humanidad.

El servicio de la verdad es el camino que conduce al fortalecimiento de la sociedad civil; sin él la participación como valor de la política no lograra cimentarse y solo se llegará a vacías expresiones de agitación que a nada positivo conducen. La carencia de verdad ha desembocado en corrupción. Por todos lados se acusa o se increpa y más aún se demuestra como el ansia desaforada de poder no centrado en valores, el colocar los intereses y recursos de la comunidad al servicio de intereses particulares han conducido a una justa indignación de las comunidades.

Pero no basta conocer la verdad. Hacerla creíble depende de las actitudes con que la acompañemos; no basta saber la verdad, hay que decirla. La credibilidad es el único legitimador real de un verdadero grupo humano.

“En el ámbito político se debe constatar que la veracidad en las relaciones entre gobernantes y gobernados; la transparencia en la administración pública; la imparcialidad en el servicio de la cosa pública; el respeto de los derechos de los adversarios políticos; el uso justo y honesto del dinero público; los medios equívocos o ilícitos para conquistar o mantener el poder, son principios que tienen su base fundamental, en el valor trascendente de la persona y en las exigencias morales objetivas del funcionamiento de los estados. Una democracia sin valores se convierte con facilidad en un totalitarismo visible o encubierto, como lo demuestra la historia, y muchos de nuestros regímenes latinoamericanos, nos exhortaba en su momento el papa Juan Pablo.

Padre Pacho

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