“Culto al cuerpo”

Somos seres complejos, poseemos una exterioridad que nos permite hacernos presentes y pertenecer al universo de los cuerpos, gozamos de una interioridad, habitada por vigorosas energías positivas y negativas que forman nuestra individualidad psíquica. Estas dimensiones conviven e interactúan permanentemente influenciándose unas a otras y moldean eso que llamamos ser humano. Tanto el cuerpo como el espíritu deben estar armonizados, si no los cuidamos perdemos el equilibrio y nos deshumanizamos.

Nuestra imagen corporal es determinante para el tipo de relación, que adquirimos con nosotros mismos, llevándonos a tener una valoración para descubrir quiénes somos, como somos y que somos capaces de llegar a ser. Sin embargo esta se ve permanentemente afectada por las demandas y exigencias sociales que se construyen sobre nuestro cuerpo, llevando a crear sentimientos de insatisfacción, incomodidad y rechazo de nuestro propio cuerpo, por no cumplir con determinados prototipos, que llevan a convertir el cuerpo en máquinas desposeídas de espíritu.

Se quieren moldear bellezas construidas a base de botox, cirugías plásticas innecesarias; la industria del cosmético y el adelgazamiento; un excesivo gimnasio para alcanzar figuras desproporcionadas, que no permiten el desarrollo adecuado y normal, que cada fase de nuestra vida y la no aceptación de un pasado ya vivido que trae consigo las huellas de nuestra propia historia, con la que no debemos entrar en confrontación.

La bioética cristiana plantea el principio de vida física de la persona que comporta la obligación consiguiente de la “no disponibilidad” del propio cuerpo, sino es para un bien mayor del cuerpo mismo, llamado el principio de totalidad. La licitud de buscar la belleza cuando la intervención quirúrgica reporta un bien mayor a la persona se hace moralmente valido, por ejemplo por quemaduras, desfiguración, si ello ayuda a sentirse mejor a quien ha sufrido un accidente o ha nacido con una malformación física.  Se hace ilícito cuando la búsqueda es parecer más joven, atractivo, por una insatisfacción y no aceptación de nuestra figura física.

Cuando recurro a una operación de carácter estético valdría la pena preguntarse ¿por qué quiero hacerlo?, ¿qué objetivo persigo?, ¿se justifica el riesgo de mi salud, por lo que quiero alcanzar? ¿Tengo el conocimiento suficiente de lo que significa para mi familia y para mí? Un cirujano mejorara mis formas físicas, más no mis problemas del alma.

 Padre Pacho